Tribulaciones del papá Náufrago en un aniversario

momentos antes de la hecatómbe.

momentos antes de la hecatómbe.

Nunca me han gustado mucho los aniversarios. De pequeño, casi nunca me invitaban. Y si iba a alguno, mi abuelita no me permitía ponerme las botas con el buffet por aquello del “qué diran”, y me quedaba toda la fiesta sentado a su lado con cara de reprimido. Ahora, siendo papá, no siempre me puedo escaquear de tener que llevar a mi hija a alguno de estos eventos. A veces es inevitable ir. Sabes que lo pasará en grande, que es una ocasión excepcional para que se relacione con otros niños de otras edades que no sean las de la guardería. Que se le iluminarán los ojos al ver el banquete repleto de cosas dulces, y más aún al ver aparecer la flamante tarta con sus velas.

Pero una terrible verdad se esconde en lo más oscuro del jardín. Un gigante y abotargado ser se tambalea de forma abyecta mientras refleja su multitud de colores; estoy hablando del castillo hinchable. Ese lugar donde no importa lo mayorque sea tu hijo/a que siempre habrá alguno de mayor que el/ella. Ese sitio donde se dan lugar las prácticas más peligrosas y prohibidas como la modalidad de los saltos en caída libre sobre niño, o el placaje vertical desde tobogán. Y así fue como le partieron el labio a Carlota. Oí su inconfundible lloro, y se me despertó esa especie de instinto animal que aún mantenemos a pesar de Darwin, y que nos alerta hagamos lo que hagamos. Así que, al verla aparecer con la boca llena de sangre entré en pleno estado Berserker. Me subí de un salto al castillo y, apartando de un manotazo un estúpido muñeco de Papá Pig, la saqué en volandas de allí para llevarla corriendo al baño. Ella estaba muy asustada, tanto que hicieron falta nada más y nada menos que dos minutos de hacerle burbujas de jabón para que olvidara el corte que se había hecho en el labio. Luego, lo de siempre, siguió como si nada. Eso sí; no volvió a mirarse de cara el castillo hinchable en lo que quedó de cumple.

“Ahora sacaremos la piñata” dijeron mis amigos y un terrible presagio pasó por mi cabeza; la imagen de Carlota atada por los pies desde un árbol y una docena de niños aporreándola para conseguir un matasuegras… No le quise hacer mucho caso a ese pensamiento pero cuando me dí cuenta ya había cogido las chaquetas y nos despedíamos dando las grácias por todo.

El regalo que le habíamos llevado al anfitrión quedó sepultado en una montaña de otros regalos y estos, a su vez, en un mar de más regalos. Nunca se supo qué fue de él. Espero que le vaya bien allí donde esté. Así que, “Cuento de Animalitos”, si lees estas palabras, que sepas que aún pensamos en tí y que te deseamos todo lo mejor.

 

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