¡Mío, mío!

Llevo unos días que al vislumbrar el parque en el horizonte cambio de rumbo para evitar malas aguas. El parque. ¡Qué miedo, por Dios! ¿Quien diría que tras esos bonitos y cándidos columpios se esconde algo realmente aterrador? Esos escalones que llevan a lo más alto del tobogán …, Aquel puente de cuerda y troncos que se balancea peligrosamente hasta para mí… ¿y qué decir del Jeep? …! ¡Sí, el Jeep…! Ese vehículo del demonio donde una docena de niños se pelean para poder agarrar el volante. Tras esa maraña de brazos, pies y cabezas chillonas, me encuentro yo, esquivando golpes y vendiéndole a Carlota – sin éxito- las maravillas del cambio de marchas. Ahora bien, nada es comparable al terror que experimento al ver aparecer en la lontananza al crío de las narices que, más que ir al parque a jugar, parece sacar a que le dé el sol a todos y cada unos de sus flamantes juguetes; El cochecito…, el patín…, la bicicleta…¡El 4×4 con motor eléctrico! ¡Todo a la vez, venga! El uno lo quiere. El otro no se lo deja. Y el berrinche está servido.

Así pues, querida tripulación, no seáis duros conmigo si, por ahora, decido virar y cambiar de rumbo esquivando ese mar tan embravecido.

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